Discriminado en el Jockey Club por no llevar corbata


Lunes 30 de mayo. Los cuatro grados de temperatura (0,6 de sensación térmica) era un mínimo desafío pero lo ameritaba la subasta de cuadros en el Jockey Club de Buenos Aires, sobre el 1345 de la avenida Alvear, en Recoleta. Había que vestir saco y pantalón –y zapatos, claro–, como me habían informado. El contexto es formal, ya se sabe. Sin embargo, lo que parecía una cobertura corriente, como tantas realizadas para este diario en Casa Rosada o el Teatro Colón, o de rutina para entrevistar a embajadores y presidentes, comenzó a redefinirse malignamente al correr de las horas.

La cita era a las 12 del mediodía. Yo había llegado media hora antes. “¿Nombre y apellido?”, preguntó Gastón, quien en ese momento era el único portero del Jockey Club. “Maximiliano Kronenberg. Vengo a cubrir la subasta de cuadros de Eugenio Cuttica”, respondí sin demora.

Gastón comprobó que, efectivamente, figuraba en la lista de invitados. Por eso hizo un tilde en mi nombre. Inmediatamente, levantó la vista y comprobó: «Vestís de jean. No creo que te dejen pasar pero averiguo”. “Soy periodista, vengo a cubrir este evento, no a participar de la subasta”, le dije con insistencia.

Maximiliano Kronenberg en el Jockey Club

Maximiliano Kronenberg en el Jockey Club

Gastón se fue de su puesto y me dejó solo en la puerta. Mi cara de incredulidad lo decía todo. Jamás en mi vida me habían dicho algo así: que esperara a un costado porque mi vestimenta no cuadraba con el lugar.

Saco y jean

Yo vestía un saco negro, un jean oscuro al tono que se parece mucho a un pantalón, un sweater de hilo al tono, una bufanda por el frío y un par de botas de abrigo: casi un uniforme invisible que me volvía anónimo.

El tiempo pasaba y no había respuesta, el evento estaba por comenzar. De repente, apareció Alba, coordinadora general de la Fundación Responsabilidad Intelectual (FRI) y me explicó lo siguiente: “Mirá, no sé si vas a poder pasar, tenés un jean. Acá hay que venir de otra manera pero vamos a hacer una excepción. A las 12 te paso a buscar y vos quedate sentado, no hagas nada, te muevas de ahí”, me dijo, como si estuviera en penitencia.

Finalmente, después de varias deliberaciones, me dejaron pasar al recinto para presenciar la subasta. No habían pasado 10 minutos de la charla previa, cuando Alba se me acercó y me dijo: “Mirá, te tenés que ir de aquí. Me llamaron de la Gerencia General. No podés estar así en este lugar”, le oí decir con voz titubeante.

Mi cara lo decía todo. Pasé la vergüenza de mi vida delante de todos los presentes. No podía entender cómo me habían dejado pasar sin siquiera haber hecho nada y que me sacaran de la sala. Todo indicaba que yo me había portado mal; según ellos, había vulnerado las reglas. Todo habia tomado un giro kafkiano, más precisamente de la novela El proceso; de algo yo era culpable y me sentía como un delincuente.

En el Jockey Club, el protocolo es estricto. Aquí valen más las normas centenarias que el sentido común. Los socios sí o sí tienen que estar vestidos de saco, camisa, corbata, pantalón y zapatos. Tampoco se aceptan mujeres. Algunas ingresaron por su relación con algún personaje notable, mientras otras fueron «evacuadas» del lugar por usar un jean. Es más, a una asistente de Eugenio Cuttica la hicieron ingresar por una puerta lateral.

El periodista fue defendido por el propio Cuttica.

El periodista fue defendido por el propio Cuttica.

En cierto momento, fue  tal el escándalo que hasta el propio Cuttica se salió de sus cabales. Una vez en el hall, el pintor que subastaba sus cuadros me ponía dinero en la mano para que corriera a comprarme un pantalón, una camisa, una corbata, un traje completo, un jacquet, levita y polainas si hicieran falta, con tal de que pudiera asistir al remate y cumplir con la nota. 

Aunque podía comprender su desesperación –yo mismo pensé por un instante que resolvíamos así el problema y dábamos curso a la nota–, rechazé el dinero con una sonrisa. Es que, créanme, yo estaba vestido para afrontar todas las notas del mundo; así me lo habían confirmado los testigos, los propios socios del club y hasta sus empleados, que espontáneamente hacían causa común conmigo y con las leyes generales de la naturalidad.

Y con esa vergüenza propia y mucho más, la ajena, con toda la derrota del mal vestido, me fui al Patio Bullrich, a dos cuadras del selecto club del protocolo, a ver lo que me vendían, a comprobar todo lo que me faltaba. Nunca quise comprar; de todos modos me metí en una tienda.

“No tenemos camisas blancas, tampoco corbata negra. No se está usando ese tipo de ropa. Si viene alguna tal vez sea dentro de unas semanas”, me dijo una empleada en Zara.

Quería hacer la nota como fuera. Por eso volví al Jockey Club –solo a la puerta–, y pauté una nota con Cuttica fuera del recinto.

Ahora, un certificado

Ya en el hall, pedí hablar con el gerente del Jockey Club. “Está ocupado en una reunión”, respondieron, tajante. La saga continuó. Porque además del asunto de la vestimenta, ¡por protocolo el Jockey exigía inscripción en una ART!

“Los socios también se enojan por las reglas, y eso que las conocen”, atinó a decir un empleado, con exactitud, el intendente, que había salido a defender su puesto y a dar la cara por los gerentes.

Mientras la subasta se estaba realizando en otro salón, el periodista se sentía acorralado por tres hombres en la puerta del hall. Ironías del destino: a unos pocos metros de allí se destacaba la escultura de un jinete, con su típica vestimenta de vaquero montando a caballo… ¿Acaso en la etiqueta del más famoso pantalones de denim no aparecen dos caballos tirando de ambos lados de un jean, para denotar su superioridad?

Luego, vino la nota con Eugenio Cuttica en el Palacio Duhau, donde nadie reparó en mi vestuario. “Te agradezco que hayas aguantado y que esta entrevista se haya realizado de igual manera”, concluyó el artista, que no salía de su sorpresa por el acto de discriminación.

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