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«No sé por qué me pegaban en la cabeza»


Circulan muchos mitos –incluso algunos bienintencionados– sobre Juan Cruz Ruiz (Puerto de la Cruz, 1948). Se dice que tiene un doble porque le han visto –y fotografiado– en actos que se celebraban al mismo tiempo.

Hiperactivo, es autor de más de 40 libros que ha compaginado increíblemente con la dedicación completa al periodismo, desde la prensa local canaria de sus inicios a su cargo actual de adjunto al presidente de Prensa Ibérica, pasando por más de 40 años en El País, que fundó y en el que fue hombre de confianza de Juan Luis Cebrián.

A veces lo recuerdan como el todopoderoso editor que construyó el impactante catálogo de Alfaguara en los años 90. Otras, como un periodista influyente al que ningún escritor osa ignorar. Le debemos imprescindibles obras que recogen, por ejemplo, los testimonios autobiográficos de editores como Jaime Salinas o Beatriz de Moura, las anécdotas literarias de Egos revueltos

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Autor de ensayos, poemarios, novelas… en realidad, Juan Cruz Ruiz (“pongo el segundo apellido en los libros porque en el periódico no me dejaban… y mi madre es la que me enseñó a leer”) es Juanillo, un muchacho pobre al que, en la larga posguerra, cuando aún no se llamaba bullying, los compañeros insultaban y daban palizas.

También un chaval que, a los 13 años, debutó como escritor de diarios con la crónica de un partido de fútbol. Es por eso que Mil doscientos pasos (Alfaguara), donde novela sus recuerdos de infancia y adolescencia –entre ellos, su descubrimiento de la maldad–, es su libro más auténtico. 

“Es cierto que un chico me pegó de esa manera que sale en el libro –admite, en la sede madrileña de su editorial–. Creía que era mi amigo pero, de repente, se puso a golpear muchas veces mi cabeza contra una pared. Siempre me he preguntado qué pasaba por su mente, qué era ese gen de la violencia”.

Los golpes, los insultos… Remover eso “fue muy doloroso, ese hombre soy yo y los hechos reales son el engrudo de la novela pero otros son ficticios”. ¿A lo mejor se reconoce el agresor? “No sé siquiera si vive, pero este libro no es una venganza. Trato de contar una época, no de acusar a nadie. El mundo es muy despiadado… y una dictadura, mucho más”. 

“Mi padre, a pesar de que disponía de dinamita –prosigue–, nunca la utilizó para derribar el monumento a Franco que hay en Tenerife, como en el libro. Pero sí otra persona le pidió dinamita para hacer un atentado”.

Juan Cruz Ruiz firma ejemplares de su libro. Foto Cezaro De Luca

Juan Cruz Ruiz firma ejemplares de su libro. Foto Cezaro De Luca

Los 1.200 pasos

En la novela, un hombre muy parecido a Juan Cruz regresa a su lugar de origen y, desde un punto en que observa los espacios clave de su vida (su casa, a 1.200 pasos, pero también la escuela, los sitios donde jugaba y donde sufría), rememora su pasado. 

La infancia, vista como territorio cruel es “una perspectiva desde la madurez, que es la que descubre la maldad que había en el pasado. De niños, no sabíamos que eso era maldad, era lo normal. Hoy continúan los asesinatos de mujeres, la burla de los emigrantes… Nosotros, los españoles pobres, éramos como los emigrantes de ahora, no éramos bienvenidos en los lugares a los que llegábamos, sufríamos el odio al diferente. Era un mundo donde las consultas médicas duraban un minuto y las becas se conseguían a partir de humillaciones, como que un cura salesiano, en el estrado, me dijera delante de toda la clase: ‘Usted es un niño pobre y está aquí por esa razón, debe estudiar más, que si no le echamos’. Conocíamos muy pocos sabores, no habíamos probado el helado ni el bistec”.

Relata otro episodio real: “En el colectivo, dos chicos estaban masturbándose mutuamente y, de pronto, apareció la policía. Quemaron esa guagua e hicieron desaparecer la matrícula, el 5802”. No solo responsabiliza a las autoridades, porque “la gente de la calle formaba parte de la represión, estaban siempre escuchando, a ver si podían delatar a otro”. 

Dada la atmósfera y los asfixiantes detalles descritos, podría creerse que la guerra civil estaba recién acabada, pero se trata de finales de los años 50 y principios de los 60.

Juan Cruz Ruiz dice que este es su libro más auténtico. Foto Cézaro Luca

Juan Cruz Ruiz dice que este es su libro más auténtico. Foto Cézaro Luca

“La posguerra española duró mucho más de lo que dicen la historia y los periódicos. No se acabó ni con la transición, fíjese en los Guerrilleros de Cristo Rey o en ETA, la guerra no se cerró y siempre volvía. La larguísima posguerra fue una guerra chiquita que nos hizo peores. De lo que sufrieron los adolescentes, desde su punto de vista, se ha dicho muy poco. Pero olvidar aquello es legitimar las barbaridades de hoy: el bullying, las palizas que siguen recibiendo los homosexuales”.

Juanillo, que anda por la calle mientras lee los libros que le regalan los vecinos, era inverosímilmente un niño callado. “Solo hablaba con mi madre, en clase no abría la boca porque tenía miedo de la burla, era el que menos sabía porque iba solamente de vez en cuando. Aprendí a leer muy tarde, a los 9 años, pero a los 13 ya escribía de fútbol en un periódico local Aire Libre. Me convertí en un fenómeno local por ello, y uno de los que me insultaba leyó ese primer artículo en voz alta y desde entonces dejaron de llamarme con motes despectivos”. 

Hay un maestro escondido, en la novela, “trasunto de los que fueron deportados a Canarias, durante la dictablanda , mientras se reunían en Munich comunistas, socialistas y democristianos”, con algunos rasgos de su admirado Domingo Pérez Minik, “la persona que marcó mi vida de lector”.

Juanillo vio muchas películas porque “llevaba al cine a los niños del dueño del lugar donde trabajaba, era como el criado de la familia, pero tenía que ver las películas de espaldas”.

Uno de los espacios descritos es la foguetería, “un lugar peligroso, allí trabajábamos con pólvora y ruedas de fuego. Un amigo nuestro murió manejando los fuegos. He tenido miedo al fuego y al estampido toda mi vida. Nos metíamos en muchos peligros, pero yo pensaba que era indestructible, todo lo veía a mi favor, mandaba la ilusión por vivir”.

©La Vanguardia

PC



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