«¿De verdad se creen que todo lo que sucede en el mundo tiene que ver con la Argentina?»


El episodio fue –y sigue siendo– una verdadera tontería. Pero también fue un buen ejemplo de cómo conseguimos no entendernos.

Los hechos son menores: durante un par de días miles de personas –algunas de ellos con altos cargos del Estado– me atacaron por un tweet que publiqué tras la muerte de la reina de Inglaterra. Veía en los medios del mundo la avalancha de notas y notitas, memorias y memoriales, historias e historietas; me impresionó y lo dije: de pronto, una señora sin ningún peso, sin ningún interés, se estaba convirtiendo en una historia que taparía, por un lapso imprevisible, todas las demás.

Me impresionó, sobre todo, ese fervor monárquico. La reina de Inglaterra era una paradoja andante: las leyes de su país le prohíben cualquier intervención en su política, su economía, sus costumbres; está muy claro que no puede meterse.

Cruce en Twitter entre Martín Caparrós y Fernando Iglesias.


Cruce en Twitter entre Martín Caparrós y Fernando Iglesias.

O sea que para hacer bien lo que hace está obligada a callarse la boca; si dice algo quebranta la ley, incumple su deber. Digamos: para ser una buena reina, su obligación es no tener ni la menor influencia en la sociedad en la que vive, no importar, ser un florero. Si no lo hiciera –si influyera de algún modo– sería una mala reina.

Una reina, un rey, son la quintaesencia del famosismo: alguien famoso por ser famoso, que no hace nada pero se nota mucho. Por eso me pareció que no era alguien que se mereciera demasiada atención: no había cambiado nada en nuestras vidas, ni siquiera en las de los ingleses.

Si algo hizo, denodadamente, fue ponerse como modelo de todo aquello que muchos intentaron cambiar durante su reinado: las jerarquías inmerecidas, la moral puritana, ciertas tradiciones, las desigualdades, los privilegios de cuna y de fortuna.

Caparrós se refirió al fervor monárquico por la muerte de la reina Isabel y lo criticaron. Foto RUSSELL CHEYNE / POOL / AFP


Caparrós se refirió al fervor monárquico por la muerte de la reina Isabel y lo criticaron. Foto RUSSELL CHEYNE / POOL / AFP

Y, si algo representaba, era lo peor: las ruinas de un imperio que supo ser dueño de medio mundo por un par de siglos –y que dejó de serlo durante su vida. O sea: el símbolo de esa afortunada decadencia –la pérdida de la India, medio África, Medio Oriente y tanto más– y el símbolo, si acaso, de las consecuencias desastrosas de aquel poder mundial: entre los países ex británicos –que siguen en la Commonwealth– están las peores guerras –Sudán, Sierra Leona, Ruanda–, el peor hambre –la India–, el peor racismo –Sudáfrica–, la peor violencia –Nigeria, Belice–, la peor explotacion –Bangladesh, entre otros.

Todo eso representaba esta señora, y por eso escribí un breve tuit que se preguntaba si “en serio nos vamos a pasar tres o cuatro días hablando de una momia inglesa”.

Era un intento de cuestionar nuestro interés por una persona cuyo único mérito había sido durar mucho tiempo en un lugar que nunca se ganó, callarse la boca con denuedo, representar el sistema más retrógrado.

Pero la incomprensión argentina pudo más: rápidamente surgieron de las sombras internéticas esos miles de tuiteros o bots que me reprochaban mi peronismo, mi nacionalismo y mi abandono de la nación, mi kirchnerismo a ultranza –y me reprochaban, sobre todo, que existiera.

En esto último tenían razón: en todo lo demás, ninguna.

He publicado docenas de artículos y un par de libros criticando al peronismo en general –y al kirchnerismo en particular–, como he publicado también docenas criticando al liberalismo en general –y al macrismo en particular– y, sobre todo, a todo tipo de nacionalismo.

"El hambre", de Martín Caparrós.


«El hambre», de Martín Caparrós.

Nadie tiene por qué haberlos leído. Pero me impresiona la capacidad argentina para no mirar más allá del ombligo: si esbozo una vaga crítica a la reina de Inglaterra no debe ser por lo que era, por lo que representó, por hartazgo de las monarquías, sino porque defiendo a Perón y Eva Perón y Cristina Fernández y demás Fernández y las Malvinas argentinas y todos esos lugares comunes del nacionalismo de bombos y platillos.

Entonces, para atacarme –porque lo primero que se les ocurre hacer no es debatir sino atacar, insultar– me tiran con la Mesa del Hambre.

Ya lo he contado varias veces: una vez que quise entrevistar a Alberto Fernández en Madrid, antes de que fuera presidente, para el New York Times, le llevé mi libro sobre el hambre –que se ha publicado, en estos años, en unos treinta países. Él lo recibió, se interesó y decidió lanzar una campaña nacional para combatirlo. Me invitó al lanzamiento de esa campaña, a pocos días de su asunción, en la Casa de Gobierno.

Yo fui e, inesperadamente, me pidieron que hablara: dije, sobre todo, como tantas otras veces, que lo importante era superar el asistencialismo, buscar soluciones estructurales. Estaba, por supuesto, de acuerdo con una iniciativa que proponía ocuparse de la gran vergüenza argentina: que millones de personas no coman lo que necesitan en un país que se dedica a producir alimentos.

(Aquella tarde vi que la prensa hablaba mucho de ese acto, y mi nombre aparecía bastante. En los tres días que estuve en Buenos Aires discutí varias veces con amigos que me insistían en que el Gobierno me estaba usando para la foto. Yo les contestaba que no me parecía que mi imagen le sirviera a nadie y que, de todos modos, no me importaba que me “usaran” –si me usaban– para poner en marcha ese proceso que venía deseando desde hacía tanto tiempo.)

La Mesa del Hambre: Caparrós y Alberto Fernández. Esta es la foto que le reprochan al escritor, que reconoció haberse equivocado. Foto EFE/ Cortesía Presidencia de Argentina


La Mesa del Hambre: Caparrós y Alberto Fernández. Esta es la foto que le reprochan al escritor, que reconoció haberse equivocado. Foto EFE/ Cortesía Presidencia de Argentina

Pero después el ¿Consejo del Hambre? siguió su camino y ya no me convocaron, ni yo podía hacer gran cosa a la distancia –viendo, además, que su elección era insistir en el asistencialismo, las tarjetas, las dádivas. Sé que se reunieron tres o cuatro veces más pero yo ya no estaba. Así que esa fue mi participación en el asunto: hablar en la presentación de una campaña que entonces prometía.

Lo hice, me equivoqué, me dolió mi error: no por mí, sino porque se estaba perdiendo otra oportunidad de solucionar necesidades muy urgentes. Y, en cuanto a mí, lo siento, pero poco: seguí mis ideas al estar allí ese día, las seguí también al no seguir allí.

Ahora me impresiona que personas que nunca pensaron en el tema, que no lo trabajaron, que poco les importa, me sigan “atacando” con eso. Y sobre todo me impresiona la acusación tan repetida de que si estuve allí fue por dinero: ¿de verdad estamos tan destruidos que no somos capaces de pensar que alguien quiera contribuir a la erradicación del hambre sin cobrar por eso? ¿De verdad son así los que imaginan que los demás lo somos?

¿Y de verdad se creen que todo lo que sucede en el mundo tiene que ver con la Argentina, el peronismo, el macrismo, las tristezas de un país donde pensar se ha vuelto tan difícil?

*Martín Caparrós es periodista y escritor. Su última novela es Sarmiento.

PC

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