Los museos en Argentina no temen acciones de activistas ambientales


En medio de distintas acciones de activistas ambientales en Europa que para llamar la atención mundial a sus reclamos tiran comida sobre obras de arte, en Buenos Aires se hizo La Noche de los Museos, el pasado sábado 22. Allá se extreman las medidas de seguridad mientras que en este hemisferio hubo más de 900 mil personas recorriendo 270 espacios culturales abiertos hasta la madrugada del domingo. Cerca del arte. Sin riesgo.

Aquella misma tarde —mientras los museos locales, públicos y privados, descansaban de la jornada en la que abrieron sus puertas para que vecinos y familias disfrutaran de sus colecciones, muestras y actividades especiales—, del otro lado del mundo, en el Berberini de la ciudad de Potsdam, 30 kilómetros al sur de Berlín, en Alemania, pasaba todo lo contrario. Dos activistas de la organización contra el cambio climático Letzte Generation (Última generación) lanzaron puré de papas sobre un cuadro de Claude Monet que forma parte de la serie Les meules y está valuado en 110 millones de dólares.

La jornada siguiente, el lunes 24, fue el Día Internacional Contra el Cambio Climático. Ningún espacio de arte de Argentina sufrió daños o intervenciones de activistas. De este lado del planeta, con entre otros conflictos el proyecto de Ley de Humedales trabado y cada vez más incendios por la quema intencional de pastizales, los museos más importantes en Buenos Aires no temen que se hagan acciones sobre las obras que exhiben.

El Museo Nacional de Bellas Artes, en Buenos Aires. “Por fortuna, en nuestro país los atentados a obras de arte no son frecuentes”, dice su director. Andrés Duprat.


El Museo Nacional de Bellas Artes, en Buenos Aires. “Por fortuna, en nuestro país los atentados a obras de arte no son frecuentes”, dice su director. Andrés Duprat.

En Inglaterra, en el Museo Madame Tussauds de Londres, ese día el grupo activista ambientalista Just Stop Oil tiró tortas de chocolate sobre las figuras de cera de rey Carlos y la reina Camila. No fue su primera acción. El mundo los recuerda por el reciente escándalo alrededor del supuesto daño a Los girasoles, el emblemático cuadro de Vincent van Gogh que sigue intacto en la National Gallery. 

“Por fortuna, en nuestro país ese tipo de acciones y atentados no son frecuentes”, dice el director, desde 2015, del Museo Nacional de Bellas Artes Andrés Duprat.

De amplia experiencia en gestión cultural desde la década del 90, analiza lo que pasa en Europa y concluye que el patrimonio de la institución pública de arte más importante del país, que incluye más de 12 mil piezas, entre pinturas, esculturas, dibujos, grabados, textiles y objetos, no corre riesgos.

Just Stop Oil es una coalición de grupos activistas que le reclama al Reino Unido detener la producción y nuevas licencias de combustibles fósiles. Funciona desde febrero de este año y consiguió atención mundial el 14 de octubre, con el contenido de dos latas de sopa de tomate chorreando sobre Los girasoles, y las dos jóvenes con las manos pegadas a la pared para conseguir tiempo de manifestar el reclamo.

El 14 de octubre dos activistas de Just Stop Oil tiraron dos latas de sopa de tomate sobre Los girasoles, de Vincent van Gogh, en la National Gallery de Londres. / Foto: AFP


El 14 de octubre dos activistas de Just Stop Oil tiraron dos latas de sopa de tomate sobre Los girasoles, de Vincent van Gogh, en la National Gallery de Londres. / Foto: AFP

Las obras elegidas siempre están detrás de vidrios y no sufren daños. Pero la reacción del mundo fue el espanto.

 Incluso se tejieron teorías conspirativas, porque Just Stop Oil recibe apoyo financiero del Fondo de Emergencia Climática, una organización de Estados Unidos fundada en 2019 por multimillonarios que, curiosamente, tiene como cabeza de su junta directiva a Aileen Getty, nieta del magnate del petróleo J. Paul Getty. También es hija de John Paul Getty Jr, creador de la agencia de fotografía Getty Images y fundador de una galería de arte en California.

En medio del escándalo, los activistas redoblan las apuestas y preguntan: “¿Qué vale más, el arte o la vida?” Duprat dice que estas acciones son «eficaces en la práctica», aunque “fallidas en su concepción, ya que lo que pretenden discutir o denunciar se ve eclipsado por la impactante lectura simbólica”. Si bien lo de Los girasoles garantizó “prensa mundial”, el problema, explica, es que nadie está hablando del petróleo.

Seguridad local. En Malba hay presencia permanente de personal de seguridad y orientadores de sala, respaldados por un centro de monitoreo electrónico en todo el edificio. / Foto: Archivo Clarín


Seguridad local. En Malba hay presencia permanente de personal de seguridad y orientadores de sala, respaldados por un centro de monitoreo electrónico en todo el edificio. / Foto: Archivo Clarín

Qué pasa en casa

La historia de los museos argentinos registra robos, pero no atentados contra las obras. Meses después de haber descubierto que en el Nacional de Arte Decorativo faltaban 20 piezas —y con la investigación aún en marcha aunque sin conclusiones— se tomaron medidas de seguridad. Pero no por potenciales activistas. Recientemente se instaló un circuito cerrado de seguridad para proteger el patrimonio de 6500 piezas.

El ex Palacio Errázuriz ahora está monitoreado por 51 cámaras ubicadas en los techos de las salas, pasillos, escaleras y jardines. Las acciones de activistas cuentan con la irrupción repentina. Una filmación posterior no previene el ataque a una obra. En ese sentido, el protocolo de seguridad sigue siendo el mismo de siempre. Para recorrer la colección de piezas de artes decorativas europeas y orientales, esculturas, tapices y pinturas de los siglos XVI al XIX, hay que dejar bolsos y mochilas afuera. Además, en cada espacio hay guardias, además de las visitas guiadas.

El gran hall del Museo Nacional de Arte Decorativo. A raíz de los recientes robos, se instaló un circuito cerrado de seguridad para proteger el patrimonio de 6500 piezas. / Foto: Archivo Clarín


El gran hall del Museo Nacional de Arte Decorativo. A raíz de los recientes robos, se instaló un circuito cerrado de seguridad para proteger el patrimonio de 6500 piezas. / Foto: Archivo Clarín

Esto no quiere decir que en los museos nacionales y privados no tengan en cuenta lo que pasa en Europa con los activistas climáticos. “Por supuesto que nos preocupa, estamos alertas, pero no es necesario cambiar la seguridad. Siempre fue muy eficaz. Tenemos 42 guardias todos los días, una persona por sala, más el personal que está afuera. Y también hay cámaras de video, alarmas y hasta 14 personas por la noche cuidando las salas”, explica Duprat sobre el Bellas Artes.

En la planta baja del Museo Nacional de Bellas Artes también hay una obra de Van Gogh, Le moulin de la Galette, que es la única en colecciones públicas de la Argentina. Es un óleo de entre 1886 y 1887, justo un año antes que Los girasoles que están en la National Gallery. Pero eso no le preocupa a Duprat, que asegura: “Las medidas de seguridad deben ser preventivas, pero no pueden atentar contra la experiencia de observarlas, y disfrutarlas”.

Andrés Duprat, director del Museo nacional de Bellas Artes. “Las medidas de seguridad deben ser preventivas, pero no pueden atentar contra la experiencia de observarlas, y disfrutarlas”, dice. / Foto Juan Manuel Foglia.


Andrés Duprat, director del Museo nacional de Bellas Artes. “Las medidas de seguridad deben ser preventivas, pero no pueden atentar contra la experiencia de observarlas, y disfrutarlas”, dice. / Foto Juan Manuel Foglia.

Con respecto a poner vidrios sobre las obras, Duprat dice que “hay obras que los admiten, como las que son sobre papel o las trabajadas en determinados materiales”. Pero cuenta que la mayoría de los cuadros del Bellas Artes, y del país, no suelen estar protegidos de ese modo, como sucede en Europa, que es más común. En el caso del lugar que dirige, es una decisión, asegura, “porque si no pierden el abismo que sucede al pararse enfrente y la experiencia ya no es fiel”.

Además de tener su prestigiosa colección permanente, el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, de la Fundación Costantini, presenta exposiciones temporarias internacionales y argentinas. También es un espacio cultural con cinemateca y área de literatura, que lo vuelve un lugar dinámico y participativo que recibe visitantes que no solo van a ver obras, sino también llegan para ser parte de cursos, seminarios, charlas y presentaciones de libros.

Sin embargo, tampoco han variado el modo de ingreso. Emilio Xarrier, Gerente General del museo, también confía en los protocolos previos, instaurados desde la inauguración en 2001. “En Malba hay presencia permanente de personal de seguridad y orientadores de sala, respaldados por un centro de monitoreo electrónico en todo el edificio».

Agrega: «Además, no se permite el ingreso a las salas con bebidas o alimentos ni mochilas, paraguas o bolsos grandes. Hay para eso un guardarropa en el hall de entrada. El cumplimiento de esta medida es una de las más importantes para proteger las obras y prevenir situaciones de riesgo”, dice.

La Fundación Proa es otro centro privado de arte. Fundado en 1996, ya es un clásico del barrio de La Boca. Tiene un programa anual de exhibiciones temporarias centradas en la difusión de los grandes movimientos del siglo XX. Además realizan proyectos especiales, como actividades de intercambio y educación con instituciones culturales de la Argentina y el mundo.

Del otro lado de lo que sucede en Europa, es Fundación Proa la que llama por el cuidado del entorno. “Respetamos y tenemos como objetivo cuidar el ambiente, tanto en nuestras instalaciones como también difundiendo las premisas ambientales en nuestro público y la comunidad. Establecemos la mejora continua en la implementación de buenas prácticas. Es nuestro objetivo comprometernos con las nuevas tecnologías y resoluciones internacionales cuyo resultado es un mayor cuidado y una mejora en la calidad de vida”, avisan desde 2017 en su manifiesto de política ambiental, que se puede encontrar en el edificio de tres pisos y también en su página web.

Para ingresar, desde la pandemia los protocolos son estrictamente sanitarios. Y como siempre, los visitantes tienen a su disposición guardarropas individuales en recepción, porque no está permitido entrar con alimentos o bebidas ni bolsos o mochilas. Además, cuentan con personal de seguridad y educadoras en las salas.

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires tampoco cambió sus medidas de seguridad. Al ingresar al edificio una persona de seguridad avisa que no se puede llevar cosas o ropa en las manos. Hay, también, lockers junto a la puerta de entrada para dejar todo. Además, en cada sala hay un guardia que, si hace falta, indica el modo de transitar el espacio sin poner en riesgo las obras.

El Moderno tampoco se detiene ante los ataques de activistas en Europa. En noviembre, inauguran dos nuevas exposiciones individuales: Marcas imborrables, la primera muestra en un museo en Latinoamérica de la artista norteamericana de origen cubano Linda Matalon, y Ofrenda al sol, de la joven salteña Florencia Sadir.

Igual que el resto, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires tampoco cambió sus medidas de seguridad. Al ingresar al edificio avisan que no se puede llevar cosas o ropa en las manos. Hay, también, lockers junto a la puerta de entrada para dejar todo. Además, cada sala cuenta con un guardia que, si hace falta, indica el modo de transitar el espacio sin poner en riesgo las obras.

Además, el museo también está involucrado hace rato con el cuidado ambiental, que hasta es parte de su programación. Durante 2020, cuando fue la reapertura al público después de la cuarentena, en la fachada que da sobre avenida San Juan estuvo expuesta la obra Basta de contaminar, de Nicolás García Uriburu, un telón de 15 metros de largo que el artista realizó en 1999 en coloración con Greenpeace para pedir por el saneamiento del Riachuelo, donde lo habían instalado originalmente.

DP/VA  



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