del poema que fundó la literatura nacional a sus sucesivas «perversiones»


En algo se parecen la historia del poema y la historia del edificio. En 1872, de regreso en Buenos Aires tras un período de proscripción política, José Hernández escribió en pocas semanas, “para alejar,” según sus propias palabras, “el fastidio de la vida del hotel”, el poema nacional, la obra que nos define, nuestra Ilíada, al decir de Leopoldo Lugones: El gaucho Martín Fierro, que sería publicado a fin de año en forma de folleto y alcanzaría una difusión inusitada para la época (once ediciones, cuarenta y ocho mil ejemplares, se ufanará el autor en el prólogo a La vuelta).

La escena de escritura es menos hernandiana que kafkiana: lejos de los vastos horizontes y los inabarcables cielos de la llanura, Hernández compone el poema en una suerte de madriguera, el Hotel Argentino, frente a la Plaza Victoria, hoy Plaza de Mayo, a la vista del castillo, en este caso el de los edificios emblemáticos del poder político que todavía cuestiona.

En 1879 publicaría la segunda parte, La vuelta de Martín Fierro, en la cual, al decir de los personajes de Thomas Pynchon en El arcoíris de gravedad, “aun el más libre de los gauchos termina vendiéndose”. Foto EFE/ Enrique García Medina


En 1879 publicaría la segunda parte, La vuelta de Martín Fierro, en la cual, al decir de los personajes de Thomas Pynchon en El arcoíris de gravedad, “aun el más libre de los gauchos termina vendiéndose”. Foto EFE/ Enrique García Medina

En 1879 publicaría la segunda parte, La vuelta de Martín Fierro, en la cual, al decir de los personajes de Thomas Pynchon en El arcoíris de gravedad, “aun el más libre de los gauchos termina vendiéndose”.

Desengañado de la salvaje Arcadia que parecían ofrecer el mundo indígena, Fierro vuelve decidido a integrarse, da sabios consejos a sus hijos, entre ellos “El trabajar es la ley / porque es preciso adquirir”, y renuncia a matar a otro moreno, hermano del que había asesinado en la Ida, prefiriendo la guitarra al facón y la payada al duelo criollo. “Puro sarmientismo”, diagnostica en 1926 un juvenil Borges, que todavía se permitía paladear cada tanto las mieles del populismo.

A la par que Fierro se civilizaba y su creador era elegido diputado, y luego senador, el hotel fue perdiendo buena parte de su señorial dignidad, convirtiéndose hacia fines de siglo en casa de citas (es decir, telo), para luego ser demolido y dar lugar al Edificio Martínez de Hoz, diseñado por el afamado arquitecto Alejandro Bustillo, adquirido a mediados de la década del cuarenta por el estado para sede de la SIDE, y luego, hasta el presente, de su sucesora, la AFI.

"Martín Fierro", de José Hernández, con dibujos de Juan Carlos Castagnino.


«Martín Fierro», de José Hernández, con dibujos de Juan Carlos Castagnino.

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En 2020, para desembarazarlo de las connotaciones indeseables que el patricio apellido supo adquirir durante la última dictadura, fue rebautizado “Edificio José Hernández” –pero sigue siendo la sede de la AFI.

De Fierro a Martínez de Hoz no hay, en verdad, una distancia tan insalvable como podría parecer en un principio: los gauchos de Hernández se rebelan contra la policía, los milicos, los jueces y demás autoridades nacionales, también se matan entre ellos, o matan a los de abajo (negros e indios); pero con los patrones nunca se meten.

José Hernández, que en 1881 escribiría la Instrucción del estanciero, había escrito en 1879 la ‘instrucción del peón’, también conocida como La vuelta de Martín Fierro: el gaucho matrero de 1872 se convierte en el peón manso de 1879.

El Hotel Argentino, donde José Hernández escribió el "Martín Fierro". En esa esquina, frente a la Casa Rosada y la Plaza de Mayo, se encuentra hoy el edificio José Hernández (ex Martínez de Hoz), sede de la AFI.


El Hotel Argentino, donde José Hernández escribió el «Martín Fierro». En esa esquina, frente a la Casa Rosada y la Plaza de Mayo, se encuentra hoy el edificio José Hernández (ex Martínez de Hoz), sede de la AFI.

No es que Hernández se haya pasado de bando, sino que ya no había bandos: concluidas las guerras civiles, liquidadas las montoneras, ocupados los territorios indígenas y sus habitantes masacrados o dispersos, la clase dirigente se unifica y cierra filas.

Seguirá habiendo, sí, discusiones internas: Sarmiento no ve lugar para el gaucho en la nueva Argentina; para Hernández si lo habrá, y ese lugar, fundamental hasta hoy día, es el que construye en su segunda parte.

Para quien no habría lugar ninguno, en eso coincidían ambos, es para el indio: La vuelta lleva a cabo una pormenorizada demonización de nuestros pueblos originarios y se solaza en su exterminio; para quienes quieran excusarlo invocando algún difuso “espíritu de época” puede bastar la lectura de Una excursión a los indios ranqueles, de Lucio V. Mansilla, que Hernández mismo había leído, pues varios detalles de éste reaparecen en su poema –aunque no, ciertamente, el de la humanidad de los indígenas, y la tristeza por la inminente solución final del ‘problema indio’.

Para el Primer Centenario, nuestros intelectuales recordaron que para forjar una identidad nacional no vendría nada mal contar con una literatura nacional, y decidieron que ésta se cifraba en la gauchesca y, puntualmente, en el Martín Fierro. Foto EFE/ Enrique García Medina


Para el Primer Centenario, nuestros intelectuales recordaron que para forjar una identidad nacional no vendría nada mal contar con una literatura nacional, y decidieron que ésta se cifraba en la gauchesca y, puntualmente, en el Martín Fierro. Foto EFE/ Enrique García Medina

Los primeros ‘hijos de Fierro’ se dividen en dos ramas: los hijos de la Ida, con Juan Moreira y su progenie, y los de la Vuelta, con don Segundo Sombra y sus hijos guachos que luego se hacen gauchos y finalmente estancieros.

Forjar una identidad nacional

Para el Primer Centenario, nuestros intelectuales recordaron que para forjar una identidad nacional no vendría nada mal contar con una literatura nacional, y decidieron que ésta se cifraba en la gauchesca y, puntualmente, en el Martín Fierro.

Ricardo Rojas, soslayando la cronología, comenzará su Historia de la literatura argentina con un tomo dedicado a ésta; Leopoldo Lugones, en una serie de conferencias dictadas en el Teatro Odeón ante la plana mayor del gobierno, del presidente para abajo (qué tiempos aquellos), intentando erigirlo, cual si los muros de Troya se tratase, como barrera contra “la chusma ultramarina que nos alborota el zaguán”, como simpáticamente supo llamar a los inmigrantes.

"¿Cómo recuperar, luego de las sucesivas canonizaciones, el potencial rebelde, incómodo, político, de aquel primer Martín Fierro, y de su inicial semiclandestina escena de escritura?, se pregunta Carlos Gamerro. Foto EFE/ Enrique García Medina


«¿Cómo recuperar, luego de las sucesivas canonizaciones, el potencial rebelde, incómodo, político, de aquel primer Martín Fierro, y de su inicial semiclandestina escena de escritura?, se pregunta Carlos Gamerro. Foto EFE/ Enrique García Medina

Pero el poema termina funcionando como caballo de Troya: la gauchesca, sea la suya, sea en las infinitas encarnaciones teatrales, circenses y carnavalescas de Moreira, se convertirá en un camino de integración: los anarquistas, sobre todo, intentarán crear un Fierro a su medida, trabajo sin duda menos fatigoso que el de convertirlo en héroe de epopeya, pues anarquista, y de los buenos, era el Fierro de la Ida: la primera revista Martín Fierro, de 1904, dirigida por Alberto Ghiraldo, saldrá como suplemento del periódico anarquista de mayor circulación, La Protesta.

¿Cómo recuperar, luego de las sucesivas canonizaciones, el potencial rebelde, incómodo, político, de aquel primer Martín Fierro, y de su inicial semiclandestina escena de escritura?

La primera estocada corresponde al siempre sorprendente Borges. En su cuento «El fin”, incluido en Ficciones, imagina y escribe la muerte de Fierro, en pelea a cuchillo con el hermano del Moreno. Como él mismo se encarga de aclarar en el prólogo, “nada o casi nada es invención mía […]; todo lo que hay en él está implícito en un libro famoso y yo he sido el primero en desentrañarlo o, por lo menos, en declararlo”.

La observación es exacta: Borges no le cambia el final al Martín Fierro; en rigor, el que se lo cambió fue Hernández, y Borges apenas restituye el que siempre debió haber sido suyo.

​José Hernández también lo entendió así, pero se trata de uno de esos casos en los que las necesidades estéticas y dramáticas chocan con las morales y políticas, y prefirió diferir esa muerte anunciada, o mejor, dejársela a otro: “Y si otra ocasión payamos / […] cantaremos, si le gusta, / sobre las muertes injustas / que algunos hombres cometen”, se despide, y la deja picando para Borges, el hermano del Moreno.

Pero a Borges, como a Lugones antes de él, le salió el tiro por la culata (así de taimado es este poema): su Martín Fierro rebarbarizado se hizo peronista revolucionario en 1975, en Los hijos de Fierro de Pino Solanas, secundado por el Juan Moreira guevarista-cristiano de Leonardo Favio, que había entrado dos años antes al ruedo.

Manuscrito del "Martín Fierro". Gentileza Museo Histórico Nacional


Manuscrito del «Martín Fierro». Gentileza Museo Histórico Nacional

El nuevo siglo trajo nuevos actores y nuevas luchas políticas: si en 1948 Ezequiel Martínez Estrada, en su monumental Muerte y transfiguración de Martín Fierro, había entrevisto algo sospechoso, de lo que nunca termina de hablar claramente por vergüenza, o vaya a saber para que no le endilgaran a él los bajos instintos, de la amistad demasiado cercana de Cruz y Fierro, en 2014 soplan otros vientos y Martín Kohan, en El amor puede brindarnos en tono elegíaco la inicial escena de sexo entre Fierro y Cruz, contribuyendo así a responder la pregunta que muchos nos habíamos hechos en nuestras lecturas iniciales: con qué llenaron los dos amigos el hueco de tantos años entre los indios.

Su relato redobla la osadía de Brokeback Mountain (llevado al cine como Secreto en la montaña) de Annie Proulx, ya que la norteamericana corría con ventaja: hacía rato que la cultura gay había incorporado al cowboy como uno de sus íconos principales, como descubre un azorado John Voigt en Midnight Cowboy (Perdidos en la noche).

Sólo tratemos de imaginar los chongos de Constitución y aledaños ofreciendo sus servicios vestidos a la usanza gaucha –idealmente en el Hotel Argentino, si no lo hubieran demolido– y comprenderemos lo lejos que todavía estamos de erotizar nuestro acervo telúrico.

Gabriela Cabezón Cámara, en Las aventuras de la China Iron, le da nombre, Josefina, y también voz, a la mujer de Fierro, que en el poema original carece de ambos, y también la hace cruzar la frontera, no sólo de los indios, sino a una vida de aventuras lésbicas, sin machos que la manden, la preñen y la dejen.

Martín Fierro, personaje creado por el escritor argentino José Hernández en 1872. Foto EFE/ Enrique García Medina


Martín Fierro, personaje creado por el escritor argentino José Hernández en 1872. Foto EFE/ Enrique García Medina

Oscar Fariña, en El guacho Martín Fierro, tomando nota de hasta qué punto el habla del proscrito se ha vuelto lenguaje oficial y normativo, reescribe el poema en dialecto tumbero-cumbiambero y nos da un Fierro drogón y motochorro.

Yo mismo, aprovechando el huequito que me dejaron mis colegas, en algún capítulo de mi novela La jaula de los onas reescribo el duelo entre Fierro y el indio, y esta vez gana el indio –se trata de un Fierro de carnaval, lo admito, que además es cana encubierto; pero el indio es indio de veras, y lo mata en serio.

“Un libro insigne; es decir, un libro cuya materia puede ser todo para todos (I Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones”, lo llamó Borges en otra de sus reescrituras, “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”.

Como siempre, tenía razón: por encima, por debajo y a los lados de efemérides, discursos y celebraciones, seguiremos pervirtiendo, de todos los modos posibles, a nuestro inagotable poema.

*Carlos Gamerro es escritor, crítico y traductor argentino. Es autor, entre otros libros, de «Facundo o Martín Fierro. Los libros que inventaron la Argentina», donde reflexiona sobre la identidad nacional a partir de los textos canónicos que la definieron.

El escritor Carlos Gamerro. Foto JM Foglia


El escritor Carlos Gamerro. Foto JM Foglia

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