«El espacio de la intimidad entre hombres siempre fue confuso»


La última vez que el poeta chileno Alejandro Zambra había pisado territorio argentino había sido a fines de 2018. Venía desde Santiago de vacaciones con su familia –su esposa, la escritora mexicana Jazmina Barrera, y el pequeño Silvestre, de menos de un año– cuando a poco de embarcar, lo llaman para contarle que había fallecido Hebe Uhart.

Fue llegar a Aeroparque y casi sin escalas ir al velorio de la escritora argentina que tanto admiraba él, a la que conoció gracias a Elvio Gandolfo, y que tan generosa como maestra había sido con él y tantos otros chilenos. “Muy raro pensar que ella no está”, dirá Zambra, de 47 años, una de las voces más destacadas de la literatura latinoamericana.

Desde entonces, quiso –y aún quiere– escribir una crónica sobre ella, sobre ese viaje, sobre sus recuerdos con ella, sobre sus vivencias. Y aunque algo esbozó ya, ese texto aún permanece en etapa de proyecto. Zambra volvió a la Argentina esta semana, cuatro años después de aquel viaje, invitado por la Feria Edita, que se desarrolló el fin de semana pasado en La Plata, donde fue, junto al mexicano-peruano Mario Bellatin, uno de los invitados principales de ese encuentro literario. En su caso, además, volverá en mayo, para presentar en la Feria del Libro su próximo libro.

Luego de Edita, se presentó a mitad de semana en la librería Eterna Cadencia, y también habló con algunos medios, entre ellos Clarín Cultura, sobre su obra literaria, de buen impacto y recibimiento entre los lectores argentinos: Bonsái, de 2006, su primera novela, va por su decimosexta impresión, ahora, además, con un exquisito epílogo de Leila Guerriero; La vida privada de los árboles, de 2007, su segunda novela, va por su décima edición, ahora, además, con un exquisito epílogo de Margarita García Robayo; Tema libre, de 2019, va por la tercera impresión; y Poeta chileno, de 2020 y por ahora su última publicación, lleva en apenas dos años 15 reediciones.

Los libros de Alejandro Zambra llevan numerosas reediciones en el país. Foto Lucía Merle


Los libros de Alejandro Zambra llevan numerosas reediciones en el país. Foto Lucía Merle

–¿Qué puede contarnos de su próximo libro?

–Se llama Lengua paterna y no es una novela.

–La paternidad, un tema que persiste en sus obras.

–En este caso, será un libro muy heterogéneo, mezcla de crónica, ensayo, cuentos y poemas sobre la paternidad. O sea, la experiencia de la paternidad biológica. Y también la experiencia como hijo del amor, un libro sobre lo masculino, sobre las conversaciones que estamos sosteniendo. Y de ahí también el título, que en realidad es casi un chiste. Pero también es esa pregunta cómo nos comunicamos tradicionalmente los hombres entre nosotros. Es una pregunta que me la llevo haciendo mucho tiempo.

–¿Por qué?

–Es que el espacio de la intimidad, de la confianza entre hombres siempre fue confuso. Lo natural parece ser que confíes más en una mujer cuando realmente te pasa algo. Yo siempre estudié en colegios de hombres, quizá por eso mismo buscaba esos espacios de confianza. Pero era una búsqueda, no era inmediato. Había decepciones. De pronto confiabas en alguien y esa persona se asustaba por esa confianza.

Estaba muy cruzado por el mandato de lo que un hombre debe o no debe hacer. Y como que los espacios de complicidad eran muy acotados, y hasta estandarizados, aunque es fea esta palabra. Estaba claro de que podíamos hablar de fútbol, de sexo, pero un sexo ficcional. Hay un repertorio de temas-excusa, en los que tampoco profundizas mucho. Me parece interesante discutirlo.

–¿La literatura le sirve para dar cuenta de esos debates?

–No sé si son asuntos que se pueden resolver, aunque algo sale. Lo que más me gusta de la literatura es que cuando escribes ya empiezas a dar esa discusión. Te vas descubriendo lo que quieres decir o lo que realmente piensas. También la sensación de polifonía, o sea, la sensación de que hay un movimiento dentro tuyo. Hay días que parece exigirse mucho, posiciones cerradas, concretas, tajantes. Es maravillosa la posibilidad literaria de discutirse. A mí me interesa más en el trayecto, el proceso.

"Poeta chileno", de Alejandro Zambra (Anagrama, $4.950).


«Poeta chileno», de Alejandro Zambra (Anagrama, $4.950).

–¿Es decir que cuando escribe ya tiene un plan preconcebido o hay lugar para la improvisación?

–Escribo de todas las maneras posibles. Lo primero que hago en la mañana es garabatear, como soltar la mano. Es un poquito como el precalentamiento de los jugadores. Luego ya retomo lo que aquello en lo que estoy trabajando. Salir de uno mismo y entrar al lenguaje y tratar de sintonizar ese momento es para mí es más que placentero, cuando no tienes claro lo que estás haciendo. Suena medio hippie, pero es muy concreto.

–¿Cómo es eso?

–El otro día se me ocurrió poner el ejemplo más prosaico del mundo, que es una carta de reclamo. Qué cosa más absurda que una carta de reclamo para no poner el ejemplo de la carta de amor, que es más lírico. Estás enojado porque tienes que reclamar.

Te sientas a escribirla y no sabes exactamente qué palabra vas a usar. Y en la medida en que van surgiendo esas palabras y esas palabras están asociadas al hecho de reclamar, hay placer y está la prefiguración de lo que va a sentir la persona abstracta, digamos, desconocida, que va a leer este reclamo. Es el tipo de placer que proporciona la literatura al que escribe.

–Sin planes, con libertad.

–Se puede tener un montón de planes, y luego también a mí me gusta mucho, porque si no es una confusión que que le hace daño finalmente a la literatura y sobre todo a la literatura del futuro, a quienes les interesa mucho la literatura, porque se imaginan que todo es monolítico porque ven un libro ya está terminado. Siempre hablamos de proceso ya terminado, cuando en realidad mientras escribe el libro lo único que quieres es hablar de él y molestar a los amigos a los que llamas a la medianoche para leerles un pedacito.

–¿Hace eso? ¿Llama a sus amigos a la madrugada para leerles un pedacito?

–Ahora menos, me levanto muy temprano. Lo hago, sí, pero antes lo hacía mucho. Fui un escritor muy nocturno hasta que nació mi hijo.

–Ha dicho alguna vez que en general cuando escribe lo hace, estilísticamente, como si estuviera contando el argumento de una historia.

–Fue así con Bonsái. Me resultó muy iluminador esa idea que leí en algún libro de Borges, en sus notas notas preliminares. Decía eso, que al escribir es mejor imaginar que se redacta el resumen de algo ya escrito. Y a mí ese consejo me resultó muy iluminador y liberador. Imaginarse que estás describiendo algo que ya existe.

También estaba vinculado en ese momento a la brevedad. O sea, se juntó en mi cabeza con la idea de Bonsái, pero sí me pareció un muy buen consejo. Porque hay mucha angustia a la hora de escribir. En realidad para mí escribir siempre ha sido sinónimo de felicidad.

Pero claro, hay gente que quiere escribir y pasa mucho tiempo imaginando lo que escribiría si tuviera tiempo para hacerlo. Y cuando efectivamente tienes tiempo ya quieres maximizar. Y está la lógica de la dictadura del rendimiento. En general, no interesa mucho ese espacio de la vocación literaria.

"Bonsái", de Alejandro Zambra (Anagrama, $2.850). Su primera novela salió en 2006.


«Bonsái», de Alejandro Zambra (Anagrama, $2.850). Su primera novela salió en 2006.

–¿Alguno de sus libros o personajes le gusta más que otro?

–Creo que uno siempre piensa que el mejor libro es el último que hizo. Incluso el libro futuro. O sea, el libro que estás escribiendo, como superación. Cada libro también tiene en algún sentido alguna polémica secreta con el anterior, una ligera enemistad.

Yo le tengo muchísimo apego a La vida privada de los árboles, pero no sabría decir por qué. Quizá tengo un poco idealizado del tiempo en que lo escribí. Quizá, claro, fue un libro muy distinto de su libro anterior, Bonsái, que en cierto modo lo originó. Algo me empezó a suceder con La vida privada de los árboles. “Bonsái” fue una novela más de montaje, la escribí durante mucho tiempo y la fui armando, la fui montando y esa fue una escritura en retrospectiva muy placentera. Aunque durante mucho tiempo.

–¿Es de llevar varios proyectos de escritura a la vez?

–Cuando estás en el espacio preliminar de un libro sientes como que no sabes escribir, o al revés, que sabes que no está en el fondo saliendo, que no haces más que repetir. Me pasó un poquito con ese libro tan raro, Facsímil, que al comienzo era un relato sobre el año 1993, que era el momento en que dimos el examen para entrar a la universidad y tenía 50 páginas y notaba que estaba simplemente abundando en algo, que no estaba aprendiendo nada.

Al escribir el libro, que justamente era un libro sobre el aprendizaje, entonces empecé a parodiar de pronto las preguntas que nos hacían. Ahí ha salido una cosa completamente distinta que disfruto mucho escribir. También le tengo mucho cariño a los personajes de “Poeta chileno”, porque es lo más parecido a una novela que escribí y que escribiré, creo yo.

Creo que es el primer libro en el que también me propongo no reproducir un ritmo cotidiano. Quiero decir, no a sintetizar algo, sino más bien hacerlo más intensivo. Y que también está vinculado a la extensión, aunque en rigor yo creo que es una novela sobre la repetición. O sea, en algún momento tuve ese título, pero no me gustaba, se podría haber titulado “Los repitentes”, si es que sonara bien.

–Pero Poeta chileno está más connotado y, además, hay un juego en usar el singular y no el plural.

–Me parece muy bien que que los lectores elijan cuál es el poeta chileno. Es como un chiste vinculado como a una marca, como a un concepto. Pero en algún momento cuando la novela no tenía nombre, pensaba en “Los repitentes” y quizá hubiera marcado demasiado la lectura. Me interesa mucho esta discusión sobre los títulos. Sí le tengo mucho cariño, especialmente a Vicente y a Gonzalo.

"Creo que uno siempre piensa que el mejor libro es el último que hizo", dice Alejandro Zambra. Foto Lucía Merle


«Creo que uno siempre piensa que el mejor libro es el último que hizo», dice Alejandro Zambra. Foto Lucía Merle

–¿Y en ese caso, cómo los compuso a estos poetas?

–Durante una semana, que al final fue como un mes o dos meses, suspendí la escritura de la novela y decidí dedicarme exclusivamente a escribir los poemas de los personajes, los poemas de Gonzalo, los poemas de Vicente. Yo sabía que Gonzalo iba a escribir poemas malos y corría el riesgo de que los malos me quedaran buenos. En el fondo sí tenía yo una idea de cómo era un poema juvenil.

En el año 96 murió mi abuela paterna y la sepultaron en un cementerio parque de Santiago. En ese momento yo sabía que existían los cementerios parque, pero nunca había ido a uno. Y me impresionó mucho esta especie de cancha de golf. Hay personas que tienen solo la lápida y que de forma muy, muy decidida disimulan la muerte.

Es un jardín con unos árboles espectaculares, hermosos. Entonces me pareció chocante eso de comenzar la simulación de la muerte, pero a la vez más que disgustarme me interesaron y empecé a ir muy seguido hasta que llegué a esas tumbas que tienen molinillos de viento, empecé a mirar, concentrarme en esas tumbas que seguramente siempre estuvieron ahí, pero yo no había prestado atención. Esas lápidas que están llenas de juguetes de peluche y el dolor más grande que uno puede imaginar.

Entonces después empecé a fijarme en los niños que iban a este jardín grande, a este campo, a estos árboles, y jugaban a saltar las tumbas porque están muy cerca unas de la otras y lo pasaban súper bien. Y entonces el año, ese año yo empecé a escribir un libro sobre los cementerios parque, un libro de poemas. Pero en realidad, rápidamente me resigné a escribir un solo poema que nunca me resultó.

Y luego 24 años después cuando estaba escribiendo la novela sin ningún plan muy claro Gonzalo escribió ese poema y salió en diez minutos. O sea, era algo que yo tuve por décadas en la cabeza y acerca de lo cual quise escribir en algún momento. Se le ocurre a Gonzalo. Quizá necesitaba ponerme en el lugar de él para escribir ese poema. Aunque luego, ese poema genera muchas decisiones en el libro. O sea, es muy importante también a nivel de la trama.

Entonces lo mismo me pasó con Vicente, aunque yo sabía que iba a haber un poema acerca del género de las cosas, que es algo muy perturbador para todos los extranjeros, porque es lo más difícil de aprender de lenguas como el español, por qué es “un vaso”, en masculino, y por qué es “una silla”, en femenino.

No hay ninguna lógica y los niños lo aprenden de una vez, pero hay extranjeros que hablan preciosamente el español, que se mueren cometiendo esa clase de errores, que son errores que no dificultan la comunicación porque todos entendemos. Así como este poema siempre estuvo en mi cabeza, determinó muchas cosas de la novela. No hacia adelante, por supuesto, porque está casi al final, sino en retrospectiva.

–¿Es la abuela que siempre menciona que influyó en su formación literaria?

–No, esta es la abuela paterna, que cuando yo hablaba me decía de pronto “ya está este niño con su filosofía”. La abuela materna era la que me estimulaba.

–¿Escribir desde México le permite tener distancia con respecto a Chile a la hora de escribir?

–Cuando estaba en México y el plan era radicarme allá, tener un hijo, claro que ya había vivido afuera, pero siempre volví, empecé a preguntarme en qué clase de chileno me iba a convertir. Y pensé que era posible que me amargara. Que es lo que le pasa a mucha gente que deja su país y que en el fondo vive un poco demasiado en su país.

Y por otra parte, esa distancia con las personas empiezan a percibirla como un problema. También está este otro que pontifica sobre su país aunque no vive en él hace mucho tiempo. Nada de eso quería. Yo empecé a pensar cómo enfrentar esa decisión que había tomado yo mismo. Entonces era también una parte de responsabilidad.

¿Qué clase de experiencia en mi país quiero tener? Y luego también, ¿cómo me voy a vincular con este espacio nuevo? En ese momento yo dije “es posible que me amargue” y no quiero eso nunca lo he querido, siempre he sido más bien alegre, o sea, hasta para deprimirme, como dice Charly García, qué placer esta pena.

Zambra Básico

  • Nació en Santiago de Chile en 1975). Ha publicado, en Anagrama, las novelas Bonsái (2006), La vida privada de los árboles (2007), Formas de volver a casa (2011) y Poeta chileno (2020), el libro de cuentos Mis documentos (2014), las colecciones de ensayos​ No leer (2018) y Tema libre (2019) y el particularísimo Facsímil, que Anagrama recuperó en 2021.
  • Sus novelas han sido traducidas a veinte lenguas, y relatos suyos han aparecido en revistas como The New Yorker, The Paris Review, Granta, Harper’s y McSweeney’s.
  • Ha sido becario de la Biblioteca Pública de Nueva York y ha recibido, entre otras distinciones, el English Pen Award, por la edición inglesa de Formas de volver a casa, y el Premio Príncipe Claus, en Holanda, por el conjunto de su obra. Actualmente vive en la Ciudad de México.

PC

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