Cuando los artistas judíos deben vérselas con el antisemitismo


El antisemitismo tiene una historia tan larga y violenta que parece absurdo sostener que está empeorando. ¿En comparación con qué época? Y, sin embargo, hay algo en el momento actual que parece diferente.

Pensemos en lo ocurrido un domingo reciente. Me desperté con la noticia de que dos hombres habían sido detenidos en Penn Station con armas, un brazalete con la esvástica y un historial en redes sociales de amenazas de atacar una sinagoga.

Después de ducharme, abrí la cómoda para sacar mi camiseta de Kyrie Irving. El jugador de los Brooklyn Nets regresaba esa noche a la NBA tras haber sido suspendido por tuitear un link a un documental que ponía en duda el Holocausto.

No esperaba que vestirme por la mañana se convirtiera en una prueba de lealtad entre mi equipo de básquet favorito y mis antepasados asesinados, pero aquí estamos.

Esa noche, cuando llegué al Barclays Center, decenas de personas pertenecientes a lo que el Southern Poverty Law Center califica de grupo de odio estaban repartiendo panfletos con el llamativo titular de «La verdad sobre el antisemitismo».

Abrí Twitter y vi que Elon Musk se burlaba de la Liga Antidifamación y que Ye volvía a tuitear. Este había iniciado el reciente ciclo discursivo profiriendo violentas amenazas contra los judíos.

Cuantificar el antisemitismo en este momento por el número de delitos de odio es útil, pero no refleja la particular angustia y las complejidades humanas de su omnipresencia cotidiana. Es un trabajo más adecuado para los artistas y, más que en ningún otro año que se recuerde, algunos de los más consumados han aceptado el reto, desde los grandes nombres de la comedia (Dave Chappelle, Amy Schumer) a los más célebres contadores de historias de teatro y cine, como Tom Stoppard y Steven Spielberg.

Lo que más impacta en este impresionante corpus de obras son los artistas judíos que analizan el desafío del antisemitismo y que, si bien empezaron estos proyectos hace años, su pesimismo adquirido a los golpes parece ahora incómodamente profético.

Dave Chappelle en “Saturday Night Live”. Su monólogo era un tipo espinoso de humor que incomodaba la conciencia. Crédito Will Heath/NBC / NYT


Dave Chappelle en “Saturday Night Live”. Su monólogo era un tipo espinoso de humor que incomodaba la conciencia. Crédito Will Heath/NBC / NYT

El trabajo reciente más controvertido sobre estas cuestiones fue el monólogo de Dave Chappelle en «Saturday Night Live». Se burló de Ye y de Irving mientras hablaba de la idea antisemita de una conspiración judía en Hollywood.

Entre una serie de chistes, desechó ese estereotipo diciendo que era un pensamiento comprensible que es mejor no verbalizar. Una de las trampas enloquecedoras del antisemitismo moderno es que toma un motivo de orgullo -el éxito judío en las artes, uno de los pocos campos en que éramos bienvenidos- y lo hace parecer siniestro. Esa vieja táctica tiene nuevo público.

Efectivamente hay muchos judíos en Hollywood, observó Chappelle con picardía, antes de depreciar el comentario con un chiste que calificaba de «delirio» el lugar común de que controlan el mundo del espectáculo. A diferencia de las burdas publicaciones de Ye y Irving en las redes sociales, el monólogo era una obra de arte, evasiva y compleja, que mostraba sutileza y paradoja.

Era un tipo de comicidad punzante con remates sinuosos que divertía la mente y molestaba la conciencia. («Si son negros, es una pandilla; si son italianos, es la mafia; pero si son judíos, es una coincidencia y nunca se debe hablar de ello».) El arte puede ser formalmente bello y moralmente feo. Pese a lo que hayamos oído decir, la buena comedia puede construirse sobre la mentira tan fácilmente como sobre la verdad.

Esto es lo que hace que el monólogo de Chappelle sea tan escurridizo: su forma de contar historias y su seriedad son tan magnéticas que uno podría pasar por alto hasta dónde llega para hacer que la vieja calumnia de una conspiración judía parezca razonable.

Con una buena frase legitimó la tolerancia de Irving hacia la negación del Holocausto. Con otra, dice que no se puede «culpar a los negros» del sufrimiento judío, construyendo con destreza un argumentum ad logicam. Sugerir, como hace, que es peligroso para él decir «los judíos» es una hipérbole tediosa.

Por mucha controversia que suscitó, el monólogo era previsible. ¿Cuántas veces hemos visto a Chappelle sacar a relucir la transgresión de un famoso y luego defenderla, mitigarla y complicarla, invitándonos al mismo tiempo a admirar la hazaña? Esta es su jugada. No hay duda de cuál será su postura ante el último escándalo. Lo sabemos.

Mirar para otro lado

Meses atrás, escribí sobre la tendencia judía a convertir el antisemitismo en comedia. Pero hay otro mecanismo para lidiar con él del que nos gusta hablar menos: mirar para otro lado. Cuando se le preguntó sobre el monólogo de Chappelle, Jerry Seinfeld dijo diplomáticamente a The Hollywood Reporter que «el tema exige más conversación».

Interrogado al respecto como invitado en «The Late Show», Jon Stewart sólo se puso serio cuando abogó por la libertad de expresión. Lo sorprendente de estas respuestas de cómicos estrella es que parecen más interesados en llamar al debate que en participar en él.

Por otra parte, lo entiendo. Me he callado cuando otros colegas escribían cosas que parecían, si no indiferentes al sufrimiento judío, al menos aplicarle un doble rasero. Les he concedido el beneficio de la duda o he concluido que condenar el hecho habría sido contraproducente. Pero no decir nada ante tales momentos tiene un costo. Te corroe. Varios artistas judíos han realizado obras que analizan esas decisiones con una mirada escéptica.

En «El paciente», una serie astuta y llena de suspenso escrita por Joel Fields y Joe Weisberg, creadores de «The Americans», un terapeuta interpretado por Steve Carell se despierta y se encuentra encadenado a la cama de un asesino serial que busca ayuda para su salud mental. El título es una referencia a este demente, así como a la forma en que responde su terapeuta.

El asesino dice que busca un terapeuta que sea judío, pedido específico que no se comenta. Pequeños momentos dan la pista de una cultura tolerada de antisemitismo. En un flashback, el terapeuta, Alan, ve una esvástica en un afiche y, en vez de hacer un escándalo, sigue caminando.

Steve Carell como terapeuta y Domhnall Gleeson como asesino en serie en "El paciente", lo que plantea la pregunta urgente de cómo contraatacar. Crédito Suzanne Tenner/FX / NYT


Steve Carell como terapeuta y Domhnall Gleeson como asesino en serie en «El paciente», lo que plantea la pregunta urgente de cómo contraatacar. Crédito Suzanne Tenner/FX / NYT

Ahora no tiene esa opción. Encarcelado por un captor que quiere algo de él, se enfrenta a la cuestión urgente de cómo contraatacar. Opta por utilizar sus conocimientos de salud mental para ayudar a su opresor a mejorar. Pero cuanto más ahonda en el diálogo, más incómodo se siente Alan, sobre todo después de enseñarle al asesino el Kaddish, la oración judía por los muertos, y luego ver cómo la utiliza para llorar a sus últimas víctimas.

En muchos sentidos, la relación central de «El paciente» es una metáfora tanto de los esfuerzos que pueden llegar a hacer los judíos para mostrar empatía hacia sus opresores como del costo existencial que eso supone. En el papel de un hombre atormentado por la culpa, la pena y la duda, Carell es sumamente sutil para mostrar cómo el amoldarse puede estar justificado y, sin embargo, desgastarte.

También vemos escenas que transcurren en su cabeza en las que habla con un analista (David Alan Grier) que le pregunta por qué no reacciona, no ataca al asesino. A lo que Alan responde: «Uso lo que tengo». Grier, producto de su imaginación, le lanza una mirada que sugiere que no le cree.

«Los Fabelman» y «Armageddon Time», dos películas personales de directores judíos que dramatizan su propia infancia, abordan la cuestión de qué armas tienen los judíos. En ambas, chicos sensibles que se enfrentan al antisemitismo en la escuela tienen dificultades para decidir cómo defenderse.

«Los Fabelman» no es una película sobre ser judío, sino que está impregnada de judaísmo. Pero cuando su joven protagonista, Sammy Fabelman, se muda a California en los años 60, se encuentra con chicos arios que se burlan de su religión y con chicas no judías a quienes su religión les intriga. Reza gustosamente con una chica, pero les da pelea a los acosadores, que al principio se parecen a los villanos de dibujo animado de las primeras películas de Spielberg.

La forma más dramática en que Sammy contraataca es incluyendo a sus antagonistas en una película. Después de filmar a sus compañeros de clase en un viaje a la playa, las imágenes, mostradas a toda la escuela, hacen que un acosador parezca ridículo y otro glamoroso, imponente.

Curiosamente, el hecho de que el chico judío al que le ha dado una paliza lo idealice inquieta al acosador más que cualquier insulto. Su descontento ante esa atención es la parte más desconcertante de la película, una parte que parece decir algo importante. Pero ¿qué es ese algo?

¿El antisemita siente vergüenza? Si es así, Spielberg se esfuerza por mostrar empatía. Pero ese intercambio también pone nervioso a Sammy. Cuando el intolerante exige saber por qué Sammy lo hizo parecer una estrella, la respuesta parece incómoda e insegura: «Quizá lo hice para que la película fuera mejor».

Es un momento sorprendentemente poco sentimental en una película de Spielberg, en el que la versión joven de sí mismo aprende que complacer al público puede requerir convertir a un antisemita en el protagonista. Nadie ama el cine más que Spielberg y, en esta película íntima y moralmente inquisitiva, demuestra cómo puede conmover, inspirar y revelar la verdad.

Pero en estas escenas descarnadas, también deja en claro que su impacto puede ser impredecible y que, al igual que la comedia, pueden engañar con la misma destreza.

Chloe East como una compañera de clase intrigada por la religión del suplente de Steven Spielberg, interpretado por Gabriel LaBelle. Crédito Merie Weismiller Wallace/Universal Pictures y Amblin Entertainment, vía Associated Press / NYT


Chloe East como una compañera de clase intrigada por la religión del suplente de Steven Spielberg, interpretado por Gabriel LaBelle. Crédito Merie Weismiller Wallace/Universal Pictures y Amblin Entertainment, vía Associated Press / NYT

En «Armageddon Time», un retrato más humilde, realista y conmovedoramente sombrío de las luchas de un chico judío, James Gray indaga en su crianza en Queens en los años 80 con la historia de un niño de 11 años llamado Paul Graff cuyo abuelo es hijo de un refugiado que huyó de los pogromos de Europa. El patriarca le dice que cambiar de nombre (dejando el Grasserstein) lo ayudará en la vida.

Ese mismo hombre lo insta a levantar la voz cuando otros estudiantes hacen comentarios racistas a un compañero. Esos son los mensajes contrapuestos con los que crece: asimilate o contraatacá.

La amistad con un compañero negro también le deja en claro a Paul que no todas las desigualdades son lo mismo, que su privilegio lo protege de un modo que otros grupos minoritarios no experimentan. En un momento en que las comunidades negra y judía son impulsadas a enfrentarse entre sí por artistas como Ye y otros, esta película resulta deprimente y excesivamente relacionada con la actualidad.

Dramatiza dolorosamente cómo el antisemitismo puede llevar a los judíos a pasar por alto otras injusticias, proteger a su tribu y endurecer su corazón ante las aflicciones de los demás.

Tal como ocurre con la película de Spielberg, la nueva obra de Tom Stoppard, «Leopoldstadt», es vista como su obra más personal y también como una consideración sobre su identidad judía, a la que, en su caso, sólo comprendió en la madurez.

También es una de sus peores obras de teatro: intelectualmente pobre, excesivamente familiar, anodinamente genérica. Si tu forma de decirle al público que estamos en los años 20 es que una mujer baile el Charleston, es que has llegado a sentirte demasiado cómodo con los lugares comunes. Y, sin embargo, este extenso retrato de medio siglo en la vida de una familia judía de Viena atrae a un público lacrimoso que agota las entradas.

Sospecho que la razón es el oportuno y contundente retrato de la complacencia y la negación judías. Lo vemos más claramente en el alter ego del dramaturgo, un escritor cómico nacido con el nombre de Leopold Rosenbaum que ahora se hace llamar Leonard Chamberlin (nombre que recuerda al primer ministro británico famoso por su política de apaciguamiento).

En 1955, Chamberlin es frívolamente ingenuo ante el Holocausto, un tonto patriótico al que le saltan las lágrimas al recordar los horrores de los nazis. La obra termina pasando lista a los muertos. Por supuesto, el público llora.

Dos cosas se destacan en estos dramas, ya sea en la pantalla o en el escenario: la primera es que ninguno de los protagonistas judíos se muestra precisamente triunfante ante al antisemitismo. La terapia, el cine, la asimilación… nada los salva. Estos personajes son ambivalentes, están moralmente en riesgo o son algo mucho peor. Cuando se trata de su capacidad para protestar contra una cultura antisemita, reina el pesimismo.

La segunda es lo mucho que estas obras miran hacia el pasado: exploran el momento actual a través de una lente histórica. (Eso incluye la obra de Bess Wohl «Camp Siegfried», un drama sobre un campamento juvenil nazi de 1938 en Long Island cuyos temas pretenden claramente ser un reflejo de la actualidad.) Incluso la contemporánea «El paciente» obtiene su poder más contundente de los flashbacks que vuelven a la simplicidad moral de los campos de concentración.

Mirar la historia puede ser una forma útil de entender el presente, pero también puede ser una forma de evadirlo. Uno se pregunta qué se le ocurriría a Stoppard si dramatizara la negación judía más sutil del mundo cultural en que creció, donde prosperó como un dramaturgo cuya religión nunca parecía salir a relucir. O cómo captarían Spielberg o Gray los conflictos de la vida judía actual.

Como de costumbre, los cómicos son los artistas que adoptan los enfoques más precoces y directos. David Baddiel, cómico británico, está recibiendo críticas elogiosas este mes por una versión documental de la BBC de su libro «Los judíos no cuentan», que fustiga el doble rasero aplicado a los prejuicios contra los judíos en los espacios progresistas de hoy.

El próximo especial de Marc Maron, grabado hace poco en Nueva York, inicia una serie de chistes sobre la creciente relevancia de las conspiraciones sobre los judíos diciendo que, en este país polarizado, el antisemitismo es algo que une a todos. En la entrega de los premios del Kennedy Center, Sacha Baron Cohen, en el papel del antisemita Borat, ridiculizó a Ye y cantó una breve versión paródica de «With or Without You» de U2, cambiando la letra por «With or Without Jews» (con o sin judíos).

En la nueva temporada de «Inside Amy Schumer», Schumer es una de las pocas cómicas de sketches que hoy ahondan en el antisemitismo y se burla de la reticencia de nuestra cultura a denunciarlo. Imagina un seminario sobre acoso laboral en el que todo el mundo es hipersensible a todo tipo de desaires excepto a los antisemitas. Es una premisa que no sólo contrarresta el cliché de la conspiración judía, sino que también saca partido de la paranoia de sufrir gaslighting de toda una cultura.

Parte de la resiliencia del antisemitismo es su resistencia a la crítica. Obviamente, los artistas judíos no van a acabar con la mentira de que controlan el mundo del espectáculo haciendo más películas, obras de teatro, programas de televisión o sketches sobre él. Pero pueden iluminar su impacto y captar el complejo daño que causa en la psiquis. Eso importa. Para cierto tipo de judíos, el arte puede ser una religión. Y una lección que aprendemos y olvidamos una y otra vez es que el mejor arte es mucho más hábil para retratar mentes conflictuadas que para cambiarlas.

©The New York Times

Traducción: Elisa Carnelli

PC

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