el año que Frida Kahlo se llevó todas las miradas


Retrospectivas y antologías esperadas desde hace tiempo, homenajes, re-escrituras o sencillamente actos de justicia histórica y poética. Acentuando una tendencia que, forzosamente, ya se había instalado los años anteriores, en el 2022 la agenda de proyectos y exposiciones de arte también se dedicó casi con exclusividad a los artistas locales.

Mesurado y reflexivo, el espíritu de las muestras del año que está cerrando buscó reparaciones por todos lados. Las fotógrafas Alicia D’Amico y Sara Facio tuvieron sendas retrospectivas en el Parque de la Memoria y el Museo de Bellas Artes, respectivamente; también en las salas del museo tuvieron sus homenajes el artista madí Carmelo Arden Quin y el grabador Eduardo Iglesias Brickles, fallecido hace algunos años.

Con hermosas excusas, como la adquisición de Diego y yo, de Frida Kahlo y el octogenario aniversario del nacimiento de su fundador, el Malba y Fundación Klemm dieron vuelta su patrimonio para re-pensarlo y re-mostrarlo.

Federico Klemm, la obra es él mismo.


Federico Klemm, la obra es él mismo.

Fundación Fortabat se afianzó en su búsqueda, que ya lleva años, de rescatar la historia del arte argentino reciente, con una muestra individual dedicada a Miguel Harte y una colectiva que busca pensar los años 90.

Vida venturosa, la muestra que juntó a Juan Del Prete y Yente (Eugenia Crenovich) en las salas del Malba, fue una de las más bellas exposiciones que pudo verse este año. La de ellos, podría haber sido una de esas historias de pareja de artistas del siglo XX en las que la obra de ella crece a la sombra de él. Tal vez, incluso, lo fue por un tiempo.

Rechazado por clásicos y vanguardistas, Del Prete logró hacerse un lugar en la historia del arte como pionero en los años ’30 de la abstracción en Argentina. Su obra (pinturas y collages de tono experimental) había sido muy poco visitada en estos últimos años.

Yente-Del Prete en el Malba. Foto Marcelo Carroll


Yente-Del Prete en el Malba. Foto Marcelo Carroll

La paleta luminosa de Yente (que plasmó en pinturas, tapices e ilustraciones) había gozado, en cambio, de algunos rescates recientes. Curada por Marita García, el hallazgo de Vida venturosa fue mostrarlos juntos por primera vez, en una muestra exhaustiva, pero también receptiva a lo que las obras tenían para decir (y decirse), que pudo hacer sinergia de estos dos grandes maestros.

El 2022 puede ser visto como el año en que el Museo Nacional de Bellas Artes se consagró definitivamente como el espacio que debe acoger (y acoge) toda suerte de rescates. Como si estuviera logrando, finalmente, ponerse al día con tantas deudas pendientes que tiene el arte argentino con sus más exquisitos artistas, esta vez fue el turno de Juan Carlos Distéfano, uno de los escultores argentinos más impactantes de todos los tiempos, y Raquel Forner, cuyo lugar indiscutido entre los más grandes pintores del siglo XX sigue siendo, todavía, considerado tangencialmente.

Curada por María Teresa Constantín, la demorada retrospectiva de Distéfano se tituló La memoria residual, y desplegó a lo largo del pabellón de muestras temporarias del museo, una gran cantidad de figuras de resina. Una suerte de puesta en danza de todos los personajes piadosos y al mismo tiempo temerarios que el escultor realizó a lo largo de su larga trayectoria.

Juan Carlos Distéfano. La memoria residual. Foto Museo Nacional de Bellas Artes


Juan Carlos Distéfano. La memoria residual. Foto Museo Nacional de Bellas Artes

En esa misma sala hasta ahora puede verse Revelaciones espaciales, la muestra dedicada a Raquel Forner. La exposición presenta, por primera vez completa, la serie homónima de esta artista potente, cuya obra lúdica y visceral se abrió paso con firmeza en un mundo todavía de hombres. Curada por Marcelo Pacheco, la muestra abarca los treinta años (1957-1987) en que Forner abordó temáticamente la carrera espacial. Una oportunidad para encontrarse a solas con su obra. Una muestra necesaria y reparadora.

Para el Museo de Arte Moderno, 2022 fue un año de grandes y fructíferas apuestas. En un esfuerzo rigurosamente coordinado, sus salas acogieron una gran cantidad de muestras realizadas con el patrimonio de la institución, además de presentar artistas invitados, nacionales e internacionales, en un proyecto que abarcó todo el edificio y se llamó Un día en la tierra.

Bajo esa premisa (que prometía pensar, y pensaba, el desafío de vivir en el mundo hoy) el museo presentó Enlace querandí, la primera exposición antológica de Mónica Girón, una artista cuya lucidez sensible acompañó la historia argentina de las últimas décadas.

La artista Linda Malaton en el Museo Moderno. Gentileza Prensa


La artista Linda Malaton en el Museo Moderno. Gentileza Prensa

En las paredes del Moderno hubo también espacio para algunas agudas exposiciones colectivas que, sin duda, servirán para reescribir algunas líneas de la historia reciente del arte. Tal es el caso de Vida abstracta. Curada por Francisco Lemus, la muestra significó un repaso por más de cincuenta años de pintura no figurativa en el país.

Con las obras tan disímiles de Mariela Scafatti, Magdalena Jitrik, Elda Cerrato, Cristina Schiavi y Sonia Delunay, entre muchas otras, fue un luminoso ejemplo de cómo la abstracción, un legado fuertemente masculino, fue apropiado y reinventado por más de una generación de artistas mujeres en Argentina.

Los internacionales

Lejos quedaron los años (pre pandemia y unas cuantas devaluaciones atrás) en que llegaban a Buenos Aires estrellas internacionales del arte contemporáneo y muestras blockbuster. Pero eso no significa que no haya habido artistas internacionales en el panorama porteño de los últimos meses. Los hubo, y de una gran talla. En casi todos los casos, sin embargo, su presencia se dio en un diálogo estrecho y fructífero con el ámbito local, tanto con sus artistas como con su público.

Marcas imborrables, la exposición de la artista cubana residente en Estados Unidos Linda Matalon que pudo verse en el Moderno; y Schhhiii, de la brasileña nacida en Italia Anna María Maiolino que se presentó en el Malba, son dos excelentes ejemplos de la presencia internacional en este 2022.

Pequeña en su cantidad de obras y acotada en la temática, la muestra de Matalón tuvo, sin embargo, una potencia y una profundidad pocas veces vista en las salas de un museo. Su serie de sutiles dibujos relata, casi en silencio y en plena intimidad, la experiencia de las dos pandemias que azotaron al mundo en los últimos cuarenta años: el vih y el covid.

Luiz Roque, en Proa XXI. Foto Constanza Niscovolos


Luiz Roque, en Proa XXI. Foto Constanza Niscovolos

El carácter y las dimensiones de la muestra que el Malba le dedicó a Maiolino, por otro lado, le permitieron al público local conocer una artista cuya vasta obra abarca cuestiones universales y locales, históricas y fuera del tiempo, en los más diversos formatos, desde el video hasta la instalación, desde el grabado hasta la cerámica.

La maternidad, la violencia, el hambre, la migración y la identidad, son algunos de los temas que más que tocar Maiolino acaricia, de modo tan punzante como poético.

Por su parte, Proa relanzó su espacio Proa XXI con una breve muestra de Luiz Roque, el brasileño convocado por la curadora Cecilia Alemani para la muestra principal de la Bienal de Venecia. En el espacio de la Boca puede verse la obra presentada en la gran exposición internacional, además de una pequeña pieza audiovisual que Roque filmó en las calles porteñas.

En 2023

¿Qué pasará, el año que viene? Fundación Proa anunció una gran muestra colectiva realizada en colaboración con la America´s Society de Nueva York y el Museo Amparo de Puebla, que tendrá como eje el mito de El Dorado.

Al Bellas Artes, mientras tanto, llegará finalmente la muestra que reunirá la obra de León Ferrari con la de su padre, pintor Augusto Ferrari, que el museo había previsto para 2020 y la pandemia obligó a suspender.

La obra de Cecilia Vicuña podrá verse en el Malba en 2023.


La obra de Cecilia Vicuña podrá verse en el Malba en 2023.

El Malba, por su parte, promete continuar mostrando artistas modernas y contemporáneas, latinoamericanas poco difundidas en Argentina, con las exposiciones probablemente pletóricas de color de la cubana Belkis Ayón y la chilena Cecilia Vicuña. A ellas dos se sumará la de la argentina Marcela Sinclair, y Del cielo a casa, una ambiciosa colectiva que ahondará en la cultura material argentina, más allá y más acá del arte.

Sin una agenda detallada todavía, el Moderno será sede en noviembre de la Conferencia Anual 2023 del Comité Internacional de Museos y Colecciones de Arte Moderno (CIMAM), hecho que puede redundar en un cronograma de interesantes presencias internacionales y fructíferos intercambios.

2022 fue un año sólido, en el que las exposiciones, la gran mayoría de las veces, no decepcionaron. ¿Podrá el 2023 sostener la misma esencia? Las agendas de las principales instituciones hacen pensar que así será.

PC

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